August 14, 2007

Homenaje a Judy

El trabajo sobre los adolescentes trágicos y un par de cosillas más me han llevado a pensar en un libro que leí cuando era pequeña y en el que normalmente no pienso (huy, qué raro): Siete chicos australianos, de Ethel Turner. En particular, en el personaje de Judy.

(SPOILERS para quien no sepa de qué va el tema y posibilidad de ignorar para quien no le interesen estas entradas)

¿Sigues conmigo? :) Bueno, pues ahí va. Siete chicos australianos es un librito juvenil, publicado a finales del siglo XIX, que narra (¡sorpresa!) las andanzas de siete niños australianos. Por lo visto, es un clásico de la literatura juvenil, y yo lo encontré, cómo no, en ese clásico de las colecciones infantiles que es El Barco de Vapor. Lo curioso es que cuando lo tuve entre las manos supe que ya lo había visto antes: hubo una época en la que TVE echó la serie los miércoles, a la hora de merendar, no sé si en sustitución o antes de El pequeño vampiro. Pero da igual.

Tal como hoy lo recuerdo, el libro no es como para arrodillarse ante él y dar loas --aunque yo me lo pasé muy bien leyéndolo--, pero sí que tenía algún que otro detalle chocante. En general, Ethel Turner (inglesa de nacimiento) se afanaba en recalcar las diferencias entre los jóvenes británicos y australianos de la época, con algo que no se sabe si era ironía, condescendencia o algún tipo de retorcida defensa: los niños australianos eran cien veces más campechanos, iban con la ropa sucia y rota, eran mucho más directos e insolentes con sus mayores, ligaban, mentían y hacían barrabasadas tanto o más gordas que las del pobre Guillermo Brown. En la historia, la esposa del padre era la madrastra de seis de los hijos, y madre mía, qué trabajo tenía la pobre mujer con ellos.

Por su parte, la brutalidad del padre me resultaba tremenda. Hay varias escenas en las que golpea sobre todo a uno de sus hijos que eran... tampoco tan inusuales en El Barco de Vapor, porque otros títulos --recuerdo por ejemplo Tonico y el Secreto de Estado-- incluían palizas con el cinturón del mismo estilo, pero a mí me dejaban un poco muerta (y empáticamente dolorida). El padre, y de esto la autora era muy consciente, era increíblemente torpe con sus hijos; puede que los quisiera, pero lejos. Sin embargo, la única condena moral del libro es a las mentiras de este hijo y a la coquetería de la hija mayor (como si tener ganas de besar a un chico fuera mucho peor que maltratar a tu hijo pequeño), que por cierto, incluía una escena extraordinaria en la que Meg se desmaya frente al piano por llevar un corsé que se supone que le está dejando una cinturita de avispa divina.

Pero de la que quería hablar era de Judy. Creo que no se puede generalizar, pero me da que, en muchas historias que tienen como protagonistas a adolescentes (y si son niños, ya están más cerca de la adolescencia), existe un personaje dionisíaco en contraposición con el resto más apolíneo. No sé cómo llamarlo: podría ser el personaje JABDB (Joven Al Borde Del Barranco).

Este personaje está al borde del abismo porque es el único que realmente coquetea con la muerte. Siempre es el más transgresor, el menos amigo de las normas, el más temerario; puede ser malo o bueno, pero siempre conserva esa sombra de peligro potencial para sí mismo y para los demás. No suele ser el protagonista, pero sí "comerse" el libro. Por no decir que casi siempre es el favorito de los lectores... y muchas veces, también de los autores.

El personaje de Judy es el que hace este papel en Siete chicos australianos. Es una de los hermanos, con un pie en la adolescencia, que es como... pues como si cruzáis a Pippi Calzaslargas con George de Los Cinco y le añadís una pizca de picardía. Una niña fidelísima y en el fondo nobilísima (pese a sus enormes trastadas), que dice siempre lo que piensa y necesita estar en activo las veinticuatro horas del día. Un personaje que siega alegremente el césped con una guadaña con el riesgo de amputarse los pies. Creo que captáis lo que os digo.

Los personajes JABDB sólo tienen dos salidas (salvo Pippi, que va por el camino del medio y hasta ahora no se ha decidido): o se hacen un poco más normales y se integran en la sociedad según sus convenciones, con lo que pueden conservar un toque de su salvajismo original, pero nunca será lo mismo (para decepción del lector y del autor, que no suele despacharlos mucho después de su apolínea transformación), o bien no se integran y se mueren. Casi siempre de forma literal, pero por qué no, un exilio también puede ser una muerte simbólica (¡Legs Sadovsky en Foxfire!). Puede ser que su lado oscuro los devore (¿alguien dijo Anakin? *cof*) y la violencia que generan termine acabando con ellos, o puede ser, como ocurre con Judy en este libro, que su lado puro los conduzca a la situación opuesta: el cordero de sacrificio, entregando la vida por otro. En ambos casos, permanecen eternamente jóvenes en su muerte, congelados en ese extraño y fascinante instante al borde.

Judy muere por salvar a su hermano más pequeño de la caída de un árbol, y la que escribe esto se cagó un poco en el crío de marras, a quien básicamente sólo habíamos visto babear y hacer monerías en el libro. Y si no fuera Judy la hermana que muriese, el impacto emocional sería mucho menor. Joss Whedon sabe (perversamente) de estas cosas. Si yo quiero hacer que mis lectores digan "¡noooo!", tengo que poner el dedo en la llaga, y la llaga es --suele ser-- el personaje límite. Claro que hay que hacerle morir con clase, y no la mierda de muertes que mueren otros. En el caso de Judy, la clase viene porque es un acto de valentía y entrega que nos toca muy dentro en nuestros valores aprendidos, y porque además la autora añade todo un capítulo dedicado a la agonía de la pobre cría, con visiones y percepciones extrañas del mar (la muerte) mientras su hermano favorito corre de noche a buscar al doctor, que es ya como la guinda del melodrama. Tomad nota si queréis hacer sufrir.

Y curiosamente, cuando hoy me acordé de Siete chicos australianos y de Judy no pensé en su muerte, sino en otro asunto que ocurre en el libro: cuando Judy, que ha sido enviada por su divino padre a un colegio interno a DOSCIENTAS SETENTA Y SIETE millas de su casa (ah, las distancias en Australia), de pronto se presenta de nuevo allí como quien no quiere la cosa: que se ha largado del colegio, dice, y que ha caminado hasta regresar. Claro, que ha llegado en un estado de salud lamentable y le falta poco para morirse en ese mismo capítulo. Pero como buen personaje JABDB, parece que Judy está por encima de esas cosas. De algo hay que morir, y merece la pena hacerlo cuando es por volver a ver a tus seres queridos. Esa forma de ser sólo nos indica una cosa: ese personaje no puede sobrevivir. Porque si lo hiciera, sería a costa de parar el tiempo, como Pippi, y negar que el mundo es como es. Algo que sólo Astrid Lindgren, y algunos más, se han atrevido a postular.

Nota: Os dejo un enlace al libro entero, en inglés, en el Proyecto Gutenberg. Me estoy dando cuenta de que hay un montón de juegos de palabras que se quedaron sin traducir, je. Debería irme a dormir.

Edit: Hala, hala, me he pasado con las millas. Si seré tonta. Hace un tiempo ya revisé ese número y decidí usarlo para que cierto personaje hiciera algo muy similar a lo que hace Judy, en parte como homenaje (de esos homenajes que entiendo yo y yo y con los que yo me divierto). Pero se ve que me había olvidado por completo.

Edit: Ugh, qué mal cuerpo deja el capítulo de la agonía. Recuerdo que fue una de las primeras veces que tuve verdadero miedo a la muerte. Curiosamente, Judy nunca pasa por esa fase maravillosa de los personajes agónicos en la que se despide de todos y, con una sonrisa en los labios, dice que está preparada para irse: en ningún momento deja de estar acojonada y de repetir que no quiere, que a nadie le gusta morirse con trece años. Me temo que a casi nadie le gusta eso de morirse, aunque uno sea un personaje de ficción. Y en la vida real, menos, desde luego.

Posted by Elenis at August 14, 2007 11:20 PM
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