El otro día me di cuenta de lo mucho que me gusta el momento del desayuno.
Vaya por delante que yo disfruto comiendo. Al margen de debates sobre si lo natural sería que gozásemos con las funciones más naturales (comer, dormir, evacuar...), o si nuestro tren de vida no nos proporciona el tiempo o la relajación necesarias para disfrutar, sé de gente a la que comer no le gusta; come para alimentarse, lo más rápido posible y sin sacar ningún placer con ello.
Yo disfruto mucho. Criada con una madre a la que no le gustaba nada la cocina (mi madre puede disfrutar con la comida, pero no es su fuerte) y alimentada en el comedor de los distintos coles, soy de las personas que conozco que más aprecia la comida, a poco que no esté intragable. En el trabajo las cosas suelen ser así:
A: Qué comida más mala. La tortilla está reseca.(Y ojo, no es que yo no sea quejica, que en otros ambientes llevo incluso la fama. Simplemente encuentro que en determinados puntos, como éste, la gente se queja en exceso.)
B: Y la carne sabe raro.
C: Y la ensalada tiene una pinta asquerosa.
Yo: Pues yo encuentro que todo está rico.
De todas las comidas del día, el desayuno es una de mis favoritas. Me hace sentir optimista; pensar, si me encuentro de buen humor, que éste va a ser un gran día, y si estoy mal, que este día va a ser al menos un poco mejor que el anterior. Me gusta experimentar y variar, dentro de un orden. Me gusta desayunar sola, pero tampoco está mal en grupo. Me gusta tener cerca un libro, los dibujos de la tele o alguna tertulia matinal. Me gustan las tostadas, los cereales, las galletas, la miel, el tomate, el queso y los huevos cuando los hay. El café calentito. Lo único que no me ha gustado nunca es la leche, pero mezclada con alguna otra cosa es más que tolerable.
El otro día fui a desayunar fuera y me senté en la barra de un bar cualquiera. Me sirvieron una tostada gordita de plancha, empapada de mantequilla, y un café con leche. Hojeé el periódico mientras desayunaba, sin prisa pero sin pausa. La gente entraba para desayunar, salía, dejaba propina; obreros, jóvenes precarios, jóvenas que se iban a la uni, jubilados que comentaban acerca de Suárez y el "soe" (sic).
El bar olía bien. Había amanecido; fuera se escuchaba a los pájaros a pleno pulmón. Era olor, aspecto y sonido de las nueve de la mañana, una hora tan despierta y en la que muchos están siempre tan dormidos...
Y me sentí tontamente feliz de estar allí, en el centro de Madrid (¡mi Madrid!), compartiendo mi desayuno con otras personas, teniendo un diario fresco entre las manos y una tostada crujiente en la boca. Y sentí que tanta gente de mi edad pasase por alto o engullera sin pensar esa maravillosa comida que es el desayuno.
Sé que yo tengo la suerte de ser una persona, como diría Eduard Estivill, "de despertar rápido". Hay a quien le cuesta mucho más despertarse y conseguir que sus órganos internos se despierten. Estas personas suelen pasarse semidormidas hasta bien entrada la mañana y salir de casa sin desayunar. (*) Tiene sentido, porque necesitan mucha más energía que yo para ponerse en marcha.
Pero comer también es un hábito, y todos los expertos nutricionistas convienen en que nuestro cuerpo está adaptado para funcionar con los ritmos circadianos. Así, es de todo menos sano saltarse el desayuno (¿desde cuándo me interesa a mí la nutrición?).
Yo no digo que de cuando en cuando no desfasemos, nos emborrachemos, nos saltemos comidas o nos tomemos un pedazo de pizza congelada o una hamburguesa en la multinacional más grasienta que haya. Pero sí me parece que hay una fractura entre el estilo de vida de la mayoría de jóvenes de mi edad y el mío. Y para quien piense que exagero, un ejemplo; hace no mucho llegué a casa de una amiga (independizada) a la hora de cenar, y ésta me preguntó:
A: ¿Tienes hambre?
Yo: Síii.
A: Pues veamos. Tengo pan, nocilla...
Yo: ¿Queso?
A: No.
Yo: ¿Zanahorias?
A: ... no.
Yo: ¿Pasta para hacer, huevos, fruta?
A: No...
Yo: Pero... ¿qué tienes?
A: Pan y nocilla.
(*) Tengo que decirlo. Vale que no desayunéis, pero al menos lavaos los dientes y chupad una pastillita de menta o algo similar antes de salir. No es por ser desagradable, pero el estómago vacío después de una noche segregando fluidos huele mal.
Posted by Elenis at January 15, 2007 5:08 PM